4
jul 13

La copla infinita de Ernesto Luis Rodríguez

Ernesto Luis Rodríguez nace un 29 de febrero de 1916,  en Zaraza estado Guárico, fue un poeta zaraceño, considerado uno de los nombres más destacados de la poesía nativista venezolana.

Al morir su padre abandona la escuela y se traslada a Caracas con apenas doce años y un oficio de cobrador de bicicleta, según lo cuenta en los versos autobiográficos de su “Poema – Testamento”. Pasado un tiempo, toma la decisión de volver a su Zaraza natal, donde comienza su larga trayectoria al servicio del Estado, desempeñándose en cargos que van desde escribiente y secretario de la Jefatura Civil de su pueblo hasta Senador de la República por el estado Cojedes.

A los 20 años publica su primer poemario titulado Agraz (1936), dedicado a su padre, quien muere muy joven y a quien llama “compañero del mismo itinerario” y a su hermana Elsa, quien falleció siendo una niña de 9 años. A partir de ese momento comienza su incesante labor lírica, la cual se prolonga en obras como Cantares de Tierra Llana (1938); Pasitrote (1948), del cual se han realizado nueve ediciones; El Color de Entonces (sonetos 1957); Arriero (1960); Arriba Capitán, (1971); Ernesto Luis Rodríguez y sus poemas, Obras Completas (1971); Tiempo de volver (1982); La copla infinita (1961) y Desde el Olvido (1995), entre otros.

Paralelamente, Ernesto Luis Rodríguez comienza una prolongada carrera en el periodismo, destacándose como colaborador de Fantoches, La Verdad, Élite, 2001 (Columna Tarantín de Feria), El Mundo, La Esfera, El Universal, El Camaleón y El Nacional, así como en diversos diarios de provincia. El 3 de junio de 1938, a los 22 años, contrae nupcias con la que sería su compañera de toda la vida, Esperanza, de cuya unión nacerán tres hijos.

Toda su vida fue un activo partícipe del movimiento cultural venezolano. Labor, que entre múltiples reconocimientos le brindó la satisfacción de ser nombrado hijo ilustre de Zaraza, por su fibra cultural humanística y dotes de caballero honorable, valores por los cuales es recordado. El 22 de noviembre de 1965 fue fundada la Casa de la Cultura de Zaraza, la cual se honra en llevar su nombre, “por ser considerado puntero de la poesía venezolana de todas las épocas”.

Su obra fue mucho más allá de la poesía popular. Durante su fructífera vida sus letras para himnos de universidades, instituciones militares, deportivas y municipales fueron premiadas –más de treinta– en diversos concursos. Letras que hoy día son parte de los himnos de, entre otras instituciones: la Universidad de Carabobo (1959), la Universidad Metropolitana (1995), ambos con música del maestro Antonio Lauro; la Universidad de Guayana (1990), con música del maestro Inocente Carreño; Fuerza Aérea Venezolana (1981); Escuela de Aviación Militar (1981). También fue el autor del Himno de la Juventud – Batalla de La Victoria (1945); Canto al Río Orinoco y Lago de Maracaibo (1943), por el cual recibió el Premio Udón Pérez; Himno del Anciano (Inager, 1980); Himno del Sesquicentenario de la Independencia, con música de Antonio Estévez, además de los himnos de los municipios caraqueños Baruta (1994) y Chacao (1994).

Además, fue autor de numerosas letras de conocidas composiciones del maestro Juan Vicente Torrealba, como “Barquisimeto”, “Valencia”, “Luna y Lejanía”, “Junto al Jagüey”, “Por el camino real”, “La Jardinera” y “Rosario” (tema ganador del primer lugar de la Voz de Oro de Venezuela, cantado por Héctor Cabrera en 1969).

También se destacó por sus arreglos musicales para importantes agrupaciones y artistas, como La Serenata Guayanesa, Simón Díaz y Hernán Gamboa; y por su colaboración en la discografía de Raúl Amudaray, Balbino Blanco Sánchez, Víctor Morillo, Luis Edgardo Ramírez, Adilia Castillo, entre otros.

En la poesía de Ernesto Luis Rodríguez, los aspectos bucólicos se conjugan con los aspectos propios del modernismo, imprimiéndole a su obra características únicas; pocas veces vista en la poesía nativista venezolana. Al igual que algunos de sus poemas sueltos sus Cantares representan un estilo más audaz en su poesía, con un evidente uso de imagenes y metáforas modernistas. Fallece el 24 de octubre de 1999 en Caracas.

 

Poemas

Venezuela

 

La gloria como atavío,
de araguaney, la ternura,
abre un rosal la cintura
y su garganta es un río.
La viste un cielo bravío
de vivo azul transparente.
La mano resplandeciente
de libertarios manojos.
De Catatumbos los ojos,
de Mar Caribe la frente.

La bruma arriba desvela
sus avileños fulgores,
y cinta de tres colores
sobre los rizos le vuela.
Se cubre la piel canela
con fino encaje de brisa.
Su heroica raza mestiza
causa en América asombro.
De cordilleras el hombro,
de frailejón la sonrisa.

De medanales el cuello
y de Amazonas el talle,
la dulce Virgen del Valle
le pone lindo el cabello;
y en luminoso destello,
Delta Amacuro en la mano,
hace que el cielo lejano
sobre el Atlántico vuelva.
Tiene latidos de selva,
tiene pulmones de llano.

El sol lo lleva tatuado
sobre bandera y escudo.
Brasil le tiende el saludo,
Colombia besa el costado.
Alzó la fe del pasado
bajo consignas ductoras;
aman sus tierras sonoras
la libertad y el derecho,
y tiene luz en el pecho
¡condecorado de auroras!

 

Tus ojos tienen algo 

 

Tus ojos tienen algo de lo que nunca llega,
distantes, infinitos, profundos como el mar,
de luz inaccesible como de niña ciega,
de barco sin regreso queriendo regresar.

Tus ojos tienen algo de lo que no se ha ido,
de lo que está más cerca de lo que en uno está,
de casi preguntarme: ¿Qué cosa es el olvido?,
y de seguir amando cuando el amor se va…

Tus ojos tienen algo de júbilo y de llanto,
de acaso y de más nunca, de siempre y de jamás,
de nada haber querido y haber querido tanto,
así como se quiere cuando se quiere más…

Con ellos me confundo, sin ellos nada valgo;
me dan puerto y navío, sosiego y tempestad,
y huyendo a mis ojos tus ojos tienen algo
de ser un poco buenos con algo de maldad.

Tus ojos tienen algo de angustia marinera,
de mástiles que vuelven y azules que se van.
¡Quisiera andar en ellos viviendo mi quimera
y a bordo de los sueños sentirme capitán!

 

Arriero

 

Abro el camino cantando
para llegar a mi pueblo,
y estiro la voz alegre
cuando este viaje comienzo.
Voy con mi llano de siempre
bajo el azul mañanero.
El claro sol de otros días
alumbra cuando regreso
y donde estuvo mi canto
creció la palma del eco.

Amo estos hondos parajes
y mi destino de arriero
porque conozco la dicha
de caminar con el sueño
y con el pan de la copla
que es el mejor bastimento.
Sé de memoria los sitios
que dan aroma al recuerdo:
el fondo de las posadas
donde florece el afecto,
los nidos sobre las picas
y el turupial de recreo,
el júbilo de los caños
con los luceros adentro,
empalizadas que andan,
lejuras que son espejo,
y el arenal que se peina
su remolino andariego.

A veces fleto amarguras,
pero las llevo contento,
y el silbido me acompaña
cuando la canta reservo.
A las estrellas más altas
pregunto por el invierno,
del chaparral y la brisa
conozco el diálogo tierno,
leguas de rumbo marchito
no me quitaron el verso;
afino cuatros y sones,
en cada amor me detengo,
y en las quebradas amigas
bebo la gracia del cielo.

Así por estos caminos
ya estoy poniéndome viejo,
sin que me duela el corrió
ni se me apague el acento.
Cuando se nace en el llano
se tiene que ser coplero:
por aquí es donde se prueban
las cosas del sentimiento
y si no es en octosílabos
el verso no sabe a verso.

Otros con otras palabras,
nadie les quita el derecho;
déjenme a mí con las mías
y con mi vida en su puesto.
Es ésta mi voz, amigos,
y es éste mi pensamiento,
y no anda solo quien anda
con el cantar de su pueblo.

 

Pares o nones

 

Miro tus manos tranquilas
y que los pozos más claras.
¡Tan negras las paraparas
relucen cual tus pupilas!
Tú las recoges. Vacilas
mientras la risa despuntas;
tu voz me tira sus puntas
y a pleno sol meridiano
cerrando toda la mano:
«Cuántas habrá?», me preguntas.

Clavel de trémulos dones
pone a sangrar tu corpiño,
y hasta mi propio cariño
juegas al pares y nones.
Quiza te muevan razones
que confesar no has querido;
por eso al verme perdido
dices con aire señero:
«Si tengo pares, te quiero;
si tengo nones, te olvido.»

Tiras mi suerte en azares
que son un grave tormento;
tus dedos cuento y recuento
y van saliéndome pares.
De dos en dos tus lunares
llevan atrás mis antojos.

Pares tus ósculos rojos
que le robé a la fortuna,
y como aljibes con luna
me dicen pares tus ojos.

Hasta los dengues sencillos
en ti son mimos ardientes,
y pues son pares tus dientes,
pares tambien tus zarcillos,
pares los blancos tobillos,
pares los senos saltones;
pienso por muchas razones
que tu cariño me gano.
Pero al abrirte la mano,
tu corazón dice «¡nones!»

 

Rosalinda

 

Me voy con la tarde linda
redordando a la mulata.
Un soplo de brisa ingrata
de la copla se me guinda…
¡Se llamaba Rosalinda!…
Un romance del jagüey,
que en este llano sin ley
se prendó de mis corríos,
y entre amores y amoríos
me la robé de un caney.

Tenía los senos bonitos
como las rosas abiertas;
su voz en las cosas yertas
fue como el sol de los mitos.
Era apretada de gritos
cuando la tuve al encuentro;
pulpa de amor era el centro
de sus pupilas saltonas,
como las frutas pintonas
que dicen mucho por dentro.

Vino un joropo llanero,
se puso lindo el caney.

Yo jugué mi araguaney,
mi cobija y mi sombrero;
perdí todo mi dinero
-me quedé sin un centavo-,
y para sacarme el clavo
con los nervios amargados,
en la ley de un par de dados
se la jugué a un indio bravo.

Se amontonaron los peones
para ver quién la ganaba;
cada fibra me saltaba
de los soleados pulmones;
se ovillaron mis canciones
en los silencios ignotos,
y dije entre sueños rotos:
“voy jugando a Rosalinda”,
¡y el dado en la noche linda
me devolvió mis corotos!

 

Pancho valentía

 

Nació Pancho Valentía
entre leyendas de asaltos,
puñado de anhelos altos
al azar y a la porfía;
sin más ley que su manía
ni más Dios que su amuleto,
por nadie tuvo respeto
ni nada le causó pena,
caliente la piel morena
y a flor de labios el reto.

Con puñal de acero fino
salió una vez de la choza,
en busca de aquella moza
que era tinta como el vino,
hija de un tal Luis Padrino,
que entre copleros y arpistas
tenía dos mulatas listas
al grito de anhelos redondos
y empinados de conquistas.

Una, la niña más bella
desde los pies a la cara,
como pulpa de agua clara
donde se mira la estrella.
Se enamoran de ella
toditos los cantadores;
era luz, panal de amores,
ramo de sol en la brisa,
cuando pasaba su risa
abriendo los cundiamores.

Otra llamábase Amanda,
la de los dulces resabios,
la que al roce de los labios
daba miel a la quisanda;
la que en noches de parranda
salpicaba las maracas,
y entre aromas de albahacas,
con la flor de las espumas
festoneaba las totumas
bajo el vientre de las vacas.

Se fué el piropo a la caza
como raudal sin escollo;
era propicio el pimpollo
para la flor de la raza,
ya que afinando su traza
se cuenta de Valentía
que en medio de su osadía,
entre el afán y el denuedo
siempre pensaba con miedo
que se perdiera su cría.

Como fin de su aventura,
se la llevó con la tarde;
iba guapeando el alarde
con el arma en la cintura;
pasó por esta llanura
como quien va por el viento,
firme, gallardo, contento,
muchas veces suspirando
y los caminos sonando
bajo el caballo sediento.

En la sola pulpería
donde se cuela el camino,
la angustia de Luis Padrino
tuvo retozos de hombría.
Se fué tras de Valentía
con su potro y con su pena
«me llevaron la más buena»,
dijo rabiando el jinete,
y en el filo del machete
parpadeó la luna llena.

Dos meses después, andando
el hambre halló la comida.
Cara a cara, vida a vida,
sobre el machete sangrando,
dijo un hombre agonizando,
tendido en el campo verde:
«mi risa tu rabia muerde;
yo me burlé del Destino,
no has hecho na’, Luis Padrino;
¡mi raza ya no se pierde!»

 

Quitapesares

 

Quitapesares lo llaman
y con el diablo ha cantao;
sonoro el cálido acento
se lo dejó atravesao,
para que cuente Mandinga
que sobre tierra parao
si desenvaina el corrío
ya es un puñal enterrao,
por lo que pide cuidarse
de este señor Coronao.
a quien el llano conoce
por el sombrero virao.
o por el peso que lleva
sobre el caballo sudao:
una morena en el anca.
una guitarra al costao,
pues en amores y cantas
no hay palo mas retoñao,
ni mas sortario ninguno
cuando en azares volcao
echa los giros del naipe,
pone la vida en el dao;
o de gallera en gallera
donde lo tengan vistiao
a marañón que le asomen
o a pataruco emplumao
con dividive en el ala
y el espadín encorvao,
el pollo giro que carga
se los ofrece embotao;
o sobre patios llaneros
al ver el mingo arrimao,
con el disparo certero
sacude un boche clavao;
o en el galope infinito
sobre la crin estirao
del horizonte se agarra
con el resuello parao
y la cabriola del lazo
tras el novillo pintao
hace girar la ssabana
y deja a cielo mariao;

o bailador de joropos,
sin el esfuerzo agotao,
por lo velorios sacude
el golpe bien resonao,
con los capachos amigos
y el galeron enlunao,
picando siempre adelante
por no quedarse atollao,
que cachicamo no ha sido
para vivir enconchao,
ni carga con la desdicha
de ser guaral enredao,
porque la punta le sale
como a cuchillo amolao,
y por sobrarle malicia
de maraquero avispao,
en todas partes se mete
su voz de llano soliao:
como lucero en la noche
como la sal en pescao,
como sonido en el arpa.
como vaquero en ganao,
como culebra en mogote,
como ceniza en quemao,
como en estero la garza,
como tristeza en carrao,
como suspiro en amores,
como disparo en venao,
como lo verde en retoño
y en la violeta el morao,
como puntada en remiendo
como camino en poblao
como la pluma en el ave,
com la suerte en el dao.
como frescor en llovizna.
como el aroma en floriao,
como cogollo en sombrero,
como dulzura en melao;
pero mas vale pararlo
porqur me  deja cansao,
que Cantaclaro lo llaman
y con el diablo ha cantao.

 

El libro

 

Madre ya tengo tu libro    que bello regalo
y con él me diste    la gloria de amarlo,
y con él me diste    la gloria de amarlo
En su fondo he visto relucir el campo, palpitar el río, florecer el árbol
En su fondo he visto relucir el campo, palpitar el río, florecer el árbol
Madre, todo el universo, luminoso y ancho
cabe en este libro como en un remanso,
cabe en este libro como en un remanso
Y con él mañana volveré cantando a decirte madre que pasé de grado,
y con él mañana volveré cantando a decirte madre que pasé de grado.

 

Junto al Jaguey

 

Cantando    con tu recuerdo florece mi corazón
la brisa mañanera como yo, te besa
te besan las espigas como yo, mi amor (Bis)
Cuando no vienen tus ojos hacia los míos
La palma sola se llena de soledad
Por eso quisiera mi dulce amada
mirarme contigo junto al palmar.
Cuando no vienen tus ojos hacia los míos
El agua sola se queda sin tu querer
Por eso quisiera mi dulce amada
Besarme contigo junto al jagüey.
Eres la ternura para mi canción
Por eso más, te quiero yo
eres la ternura para mi canción
Por eso más, te quiero yo.

 

Cantares

I

 

Volcaron todos los nidos
sus paraulatas al viento
y yo mis ojos alegres
sobre el país de tu seno.

Por los caminos de verte
me floreció este cariño,
como a chaparro sediento
que lo enlucera el rocío.

De inaugurar los retoños
oyes que viene la brisa
y eres un ramo de aromas
que recogió la llovizna.

Todas las flores al patio
dieron su claro perfume
y a tu suspiro sus mieles
le dio la caña más dulce.

La canta abrió su corola
sobre el cogollo del arpa.
¡Cómo quisiera el sonido
para tu piel de guitarra!

De la curiara al costado
va floreciendo la espuma,
como a la orilla del alma
tu voz que todo lo arrulla.

Tú dices que me quisiste,
pero que ya no me quieres,
nadie recoge el bagazo
cuando la caña se muele.

Toda la gente conversa
que me la paso jugando,
mas como tú me desprecias,
gano dinero en los dados.

Tu fina piel de cochano
la parapara no envidia;
ella negrita por dentro
tiene la concha amarilla.

Me duele cuando tu gente
con el carbón me compara:
¡carbón será tu marido
que vive al pie de la llama!

No importa si te sacudes
como palmera en el viento;
si tus suspiros se caen,
yo los iré recogiendo.

La brisa por los senderos
conmigo besos te manda,
pero si tú no los quieres
se los daré a tu ventana.

Sé de memoria los tonos
que me enseñó la guitarra,
pero por ti no sé cuántos
son los pesares del alma.

De Pariaguán a Cazorla,
de Tucupido a Cantaura,
cuando tú pasas, el aire
vive un olor de guayaba.

Si por aquella mirada
te di mi potro amarillo,
no sé ni cuánto daría
por una noche contigo.

Deudas de antiguos amores
ya te las he cancelado.
Préstame ahora tus besos,
que yo después te los pago.

Cuando eras moza te quise,
hoy ya casada te adulo;
que si la pina está verde,
prefiero el mango maduro.

II


Hoy salieron por el campo
tus amores y los míos
y en la brisa levantaron
una aldea de suspiros.

Una aldea de suspiros
en la brisa dejaremos.
¡Ojalá que me nombraran
comisario de tus besos!

Hay azules en los caños
y alegría en las estrellas,
con el roce de tu cuerpo
se perfuman las cosechas.

Se perfuman las cosechas
por el llano donde pisas
y se quedan a tu paso
conversando las espigas.

Mil caminos en el llano,
mil motivos en el verso,
y no hay uno que no lleve
hacia tí mi pensamiento.

Vas alegre por la calle
y en tus manos la sombrilla
finge una garza de seda
parada en una canilla.

No querías que te viera
la pierna llena de gracia,
pero la brisa y mis ojos
te levantaron la falda.

Ya que tienes pulpería,
véndeme un poco de afecto;
¡mándame un real de miradas!,
¡dame la ñapa de un beso!

Son tan dulces las palabras
en tus labios de jarabe,
que las avispas me siguen
cuando vengo de besarte.

Sales desnuda del agua
con el amor de la copla
y en la potranca del seno
va galopando el aroma.

La tinaja fue contigo
a buscar agua llanera
y la sacaste del río
embarazada de estrellas.

Quisiera no haberte visto
o haberte visto mil veces,
o nunca haberte querido
para empezar a quererte.

Para besarte quisiera
domingos, lunes y martes;
y el resto de la semana
para volver a besarte.

En el buzón de quererte
eché una carta muy hondo:
la escribí en papel del alma
con la tinta de tus oJos.

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