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jul 12
Internacional

“Edgar Borges, literatura de la propia sangre”

“La vida es la esencia y la cotidianedad la telaraña que la cubre…”, dice la protagonista de ¿Quién mató a mi madre? (2008), un personaje ambivalente que reina sobre el espacio cerrado de un apartamento, ejerciendo en realidad de Pachamama simbólica. Y la obra de Edgar Borges es un viaje para desenredar esa telaraña y hallar esa esencia. Lo cual es un viaje complicado a cuyo destino quizás nunca se llegue, pues como señalaron Machado y Cavafis, lo importante es el trayecto y la búsqueda… lo demás, ¿qué es?

Para este autor ver la mirada, deleitarse en la observación, contemplar la contemplación de un individuo llamado Edgar con el intento de vislumbrar solidariamente la de los demás. “En principio deseo estar solo y observar la soledad de los otros”, proclama en la entrada a uno de sus libros. Así no es extraño que una de sus novelas se titule La contemplación (2010) y en ella nos lleva a unos espacios cerrados, círculos que se engarzan uno con otro igual que en un rompecabezas, donde no falta un escritor solo ante la indiferencia del mundo, un ser de sexualidad indefinida que se mira en el espejo, unas calles como microcosmos de un mundo problemático e injusto, pero en todos hay un personaje que se repite. Es un ser transversal que se cuela en las páginas de sus libros y va saltando de uno a otro. Así lo encontramos en uno de los personajes de ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe? (2009), la sombra de un escritor famoso en los laberintos de su propia creación y que toma cuerpo en Crónicas de bar (2011), en el cual se descorre la cortina y nuestro personaje pasea por esos espacios democráticos que son los bares, escogiendo para ello a seres de ficción y seres reales que se confunden como en toda su obra.

Porque quizás eso es lo que se propone Edgar en sus historias, lo que nos propone, un juego de equívocos, un caminar por una serie de mundos ficticios que es posible puedan ser reales y al revés. Porque de la una a la otra solo es necesario atravesar una puerta y eso es lo que hace en su último libro, El hombre no mediático que leía a Peter Handke (2012), en el cual de paso nos revela a ese personaje que ha estado circulando por entre las líneas de sus textos.

He pensado que este artículo podría haberse titulado “Edgar Borges, el escritor que escribía sobre Edgar Borges”, pero llamaría al engaño. Alguien pensaría que me estoy refiriendo a ese tipo de literatura que yo llamo de pincho de tortilla, llena de ego desmedido, de simplismo y que no es capaz de ver más allá de su propia mesa. Es otra cosa. Son por ejemplo los versos de Sylvia Plath, que dibujan su mundo interior, ese holocausto íntimo que ella comunica y que hace imposible entender su poesía sin conocer su vida. Aunque Edgar está lejos de ese tipo de poesía confesional, hace literatura de su propia carne, de su propia vida, de unas sensaciones que socializa en busca de la alteridad. Parte de él, de una cosmovisión particular, para llegar al mundo, para transitar por las calles, para andar por los bares, para realizar una investigación, para sentirse hombre (cuestión más compleja de lo que parece) para hacer que la literatura tenga sentido en un mundo donde el arte va siendo arrinconado convertido en objeto de lujo, para comunicar. Pues la comunicación es uno de los temas que va atravesando estos libros, vistiéndose de diversas formas y por lo general, fracasando. Lo hace en ¿Quién mató a mi madre?, cuando dos hermanos que viven en un mismo apartamento conversan a través de correos electrónicos, lo hacen los pobladores de los locales de Crónicas de bar y cuyos escenarios bien podrían ser los que dibujó Edward Hopper, seres perdidos en la ciudad en compañía de su propio vacío, aunque estén acompañados por otros seres. Y en su última obra, El hombre no mediático que leía a Peter Handke, prosigue ese intento de comunicación cuando el investigador (curiosa figura) se sitúa ante la pantalla del ordenador, tratando de compartir con otras personas sobre un espacio común (Peter Handke y su obra) lo cual cree que le incomunica de la calle; y lo curioso es que quizás no sepa donde se encuentra más aislado. También en este último libro es donde hace uso de uno de sus recursos favoritos: la literatura hablando de la literatura como un animal que se devora a sí mismo y además, lo hace con deleitación. Pero no se trata de un recurso culturalista; aparte de pequeños homenajes, de un lector que incluye sus lecturas como una parte de su propia creación (somos hijos de nuestras lecturas), es un grito susurrado para que la ficción pueda ser un espacio de esa cotidianedad  de la que hablaba al principio. Y no es extraño que utilice para ello a un escritor “maldito”, silenciado como se le llega a definir, un Handke que se confunde con el propio Edgar, en un juego de dobles (libro sobre Poe) presente en su obra como en un laberinto de espejos. Y quizás, aunque sea por un azar del destino, estaba escrito en su propio nombre y apellido. Podía ser una carga molesta, pero es posible haya decidido jugar con ella a los dados.

Escritor español.

http://www.curtoescritor.com/

Fuente: Ahinoa García.

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